Dicen que entre mujeres podremos despedazarnos, pero jamás nos haremos daño. Quizá por eso tengo tan pocas amigas.
Curiosamente, tengo mejor relación con los hombres en términos de amistad. Nada de que un hombre y una mujer no pueden ser amigos. Me consta que se puede y se debe.
Puedo incluso sacar mi lado masculino para escuchar cuando tienen un problema y darles una opinión objetiva sobre cierta situación, como cuando el ingeniero me contó que había tenido un affair estival con una chica--muy chica, por cierto--, mientras su novia lo esperaba de vuelta en la ciudad tras las vacaciones. Pero a ellos les cuesta trabajo sacar su lado femenino, seguramente porque crecieron con la fabulosa idea de que los niños no lloran, que los hombres son fuertes y que tienen que ir a la caza y proveer protección. Pero ese no es el tema ahora.
Es que las mujeres somos tan complicadas. Cuando nos enamoramos, podemos abandonar amigos, compañeros, salidas, fiestas y demás por estar con nuestro hombre. Y, vaya, no sólo hablo de mi caso, sino de otros cercanos en los que he sido testigo de que eso pasa.
De hecho, tengo una amiga a la que no veo desde hace varios meses. Nos escribimos por mail y vivimos muy cerca. Hemos quedado en vernos pero, desde que se mudó con su ahora marido, está dedicada en cuerpo y alma a él. Dicen que así es la vida después del matrimonio. Y si el casarse implica abandonar a las amigas, entonces no gracias. Otro día con más calmita.
Otra de mis escasas ¿3? amigas es lo opuesto, un ejemplo de libertad. Hace lo que le viene en gana. Vive su vida con los límites que ella misma se impone y que la gente siempre cuestiona. Y es realmente admirable. Las pláticas con ellas son eternas y divertidas, y siempre, invariablemente, terminamos hablando de sexo. Comadres somos, aunque sea de lavadero, porque todavía no tenemos el agrado de emparentar así por algún hijo, ni mío ni de ella.
Quesque los hombres son de Marte y las mujeres de Venus. Patrañas. Las féminas acabamos siendo más guerreras y los hombres más sensibles. Sí, ellos son cabroncitos de repente--porque algunos sí se creen su papel rudo rudo rudísimo--, pero cuando les tocas en el punto exacto, pueden soltarse chillando como plañideras.
Entonces yo digo que las mujeres son (somos) de Marte. Que defendemos lo que y a quien queremos (llámese hombre, hijos, trabajo o ideales). Que nos criticamos (derecho y de espaldas, asegún). Que peleamos (por el hombre, por los hijos, por el trabajo y por los ideales). Que nos despedazamos (a huevo, si no, no somos viejas). Pero cuando encuentras una buena amiga, jamás, jamás podrás hacerle daño.
jueves, 18 de diciembre de 2008
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
